| Yucatán, una puerta al Caribe |
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| Escrito por alain | |
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Texto: David Díaz Gómez y Alejandro Zenteno La costa yucateca se inicia en Celestún, frontera con Campeche, estado que también comparte el estero del lugar. Actualmente es Reserva Especial de la Biosfera y su acceso está restringido, solo se permiten recorridos de carácter científico. Se llega siguiendo la carretera 180, tomando después, un camino que surge adelante de Halacho. Al cabo de una hora y cuarto se entronca con la carretera 281 y se dobla hacia la izquierda. En tiempos prehispánicos Celestún, seguramente funcionó como lugar de abastecimientos. Los putunes, avezados navegantes, debieron haber tenido aquí una zona de intercambio comercial con Ah Canul. De Celestún a Xtul, cerca de Progreso, no hay más que un camino de terracería, imposible de transitar en época de lluvia. A mitad de estos dos pueblos se encuentra Sisai, antigua aduana que por su lejanía con Mérida relegó sus servicios a Progreso. Hasta Mérida llega la carretera 180 que después continuará hasta Cancún. La 261 comunica a la capital yucateca con Progreso, el puerto que cuenta con el muelle más largo del país. Hacia el poniente del puerto están Chelem y Chuburná. En estos pequeños poblados, que más bien parecen pueblos fantasmas, su mayor atractivo son su pescado y mariscos frescos a precios que sorprenderían a cualquier viajero del interior. Además las playas de Chelem y Progreso guardan en su arena verdaderos montículos de caracoles que pueden ser recogidos con pala. Hacia el oriente de Progreso existe un camino costero descuidado. Puerto Chicxulub, Huaymitún, playa San Bruno, Miramar, Telchac, San Crisanto, Chabihau, Santa Clara y Dzilam de Bravo, son posibles paradas en el recorrido por la costa norte de Yucatán. Aunque no tienen la magnificencia de otras playas, son lugares donde se puede descansar con la mayor placidez. El oleaje se desliza por la arena con tenues movimientos, como si se estuviera a la orilla de una inmensa laguna. En Dzilam de Bravo termina el camino costero y se inicia una grande zona de vegetación y fauna, es el refugio de la vida más diversa. Los pobladores de Dzilam protegen la reserva, y sus playas son visitadas por una gran cantidad de aves acuáticas migratorias que toman un tranquilo descanso en su largo viaje continental. Las aves residentes anidan en las ramas de los manglares. También en este lugar, la comida es una maravilla, y nada como el mero recién traído por los pescadores, cocinado a las brasas en tiquinchic, para que conserve su jugo, sazonado con jitomate y axiote. Después de Dzilam no existe camino costero sino hasta Ría Lagartos. Las carreteras 281, 176 y 295 llegan a ese punto. La costa está casi deshabitada por el hombre, sólo hay un pueblo de pescadores: Yalkubul, a mitad del camino entre Dzilam y San Felipe, en pleno Parque Nacional San Felipe. Sólo es posible recorrer el litoral en una pequeña embarcación. El paisaje de mangle se combina con breves espacios de arena en una larga extensión, que al recorrerla sugiere la orilla de un lejano y deshabitado continente. Hay una zona de cenotes cerca de Santa Úrsula, pueblito al que se llega por una vereda que parte de El Tajo, al sur de Dzilam de Bravo. Se recomienda visitar esta zona, en época de sequía, especialmente de diciembre a febrero, ya que en tiempo de lluvias el mismo camino de El Tajo a Santa Úrsula puede atrapar a los vehículos, sobre todo si son bajos. Fuente: Guía México desconocido No. 3 Playas / Julio 1991 |
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