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E L G R A F I T E R O
César R. González Rosado.
La vio entrar al recinto en donde se exhibían sus pinturas, ataviada con un vestido negro escotado que envolvía su armoniosa y delicada figura. En su cuello, un hermoso collar de esmeraldas parecía que reflejaba el intenso verde mar de sus grandes ojos.
Atraído por tan seductora belleza, el pintor, galante, se acercó para darle la bienvenida y conducirla a recorrer la muestra, pero al acercarse quedó paralizado ante la hipnotizante mirada de la mujer. La conocía, alguna vez la había visto, quizá antes de él nacer, o quizá en sus sueños. Entonces sintió que la amaba, no de ahora, sino de siempre, quizá desde aquellos tiempos de su ya lejana niñez.
Era huérfano, la camioneta de Protección Social lo había recogido años atrás, en la calle, una noche, cuando las fogatas parecen tiritar ante el intenso frío invernal. Con las manos entumecidas, los huesos adoloridos y con fiebre, apenas la camioneta del auxilio estuvo a tiempo de llevarlo al albergue infantil e internarlo en la clínica.
Pronto restablecido en su nuevo hogar, Mauricio comenzó la escuela. Fue aplicado en los estudios, en las actividades escolares, destacaba en deportes, tenía facilidad para todo, era inteligente, aunque a veces se aburría pues le llevaba menos tiempo que a sus compañeros aprender las lecciones. Entonces, a veces lo castigaban porque se ponía a jugar en vez de atender a los maestros.
Un día llegó al albergue un profesor de pintura. Él les enseñó la preparación de los colores mezclando el aceite de linaza con los polvos de los básicos, la proporción de las mezclas para los otros, los matices, la utilidad de los diferentes tamaños de las brochas, de los pinceles, el dibujo a cuadrícula, la perspectiva… y en grandes pliegos de papel manila, pintaron y pintaron a la acuarela cuantos temas se les ocurrieron, unas veces copiando de la naturaleza y otras con sus propias manos y dedos los temas que les surgían de la imaginación.
Al cabo de un año al finalizar el ciclo escolar, el maestro les propuso pintar como muestra de su adelanto los muros del albergue. El entusiasmo cundió ante la idea y en forma diligente y en pequeños grupos planearon pintar murales. Transcurrido algún tiempo se pudo apreciar la magnífica producción. El albergue lucía esplendoroso decoradas sus paredes con paisajes, con personajes de la historia, de la vida de la ciudad, con rostros fantasmagóricos, con letras estilizadas y también con lo que podía interpretarse como autorretratos de los propios niños pintores.
Sin embargo, por esas cosas que suelen suceder y que nunca se sabe por qué suceden, al año siguiente el maestro de pintura no regresó. Los reclamos de los jóvenes fueron inútiles y tan sólo quedaron las rutinas escolares.
Un día, alguno propuso, ante la falta de espacios pues todo estaba pintado en el albergue, salir a la calle por las noches y pintar muros ajenos a la luz de las estrellas. Y así comenzaron a aparecer por la mañana murales que muchos aplaudieron y otros, los menos, censuraron. La policía, al saber de la queja de unos pocos vecinos, sorprendió algunas veces a los pequeños artistas, pero ante la belleza de los murales, se hicieron los desentendidos.
Mauricio destacaba entre ellos. Sus pinturas eran producto de su imaginación y reflejaban sentimientos de tristeza infinita, de soledad, de sufrimiento…pero también de esperanza. Una mañana, cuando él volvió al muro que había pintado la noche anterior, observó un automóvil estacionado enfrente de su mural con una niña que asomada por la ventana, contemplaba extasiada la pintura. Él se acercó, le preguntó ¿Te gusta?...unos ojos verdes intensos le respondieron. Si, me gusta mucho y una sonrisa perlina se perdió en la distancia.
Mauricio quedó impactado, conmovido ante aquella mirada que lo estimulaba para seguir pintando, para sortear todas las prohibiciones y violar los reglamentos citadinos que prohibían pintar las paredes de la calle. Y así, noche tras noche, de muro en muro, plasmó aquel bello rostro en fondos de soles encendidos. Y así también cada mañana, muchas mañanas, la niña que iba rumbo a su escuela contemplaba un nuevo retrato suyo que su amigo pintor le dedicaba. Y así también, unos destellos de verde mirar, una sonrisa perlina y una mano de nieve que decía adiós se perdían a lo lejos para reaparecer a la mañana siguiente. Pero flores tan bellas nunca suelen durar, diría el poeta…Un día, la niña no volvió más.
Triste, Mauricio, siguió su camino. Terminó los estudios escolares e ingresó a la Academia de San Carlos para estudiar con formalidad el arte de la pintura. Fue destacado, sus maestros lo apreciaban, admiraron su talento y auguraron para él un futuro promisorio. Así fue, llegó a ser pronto un joven pintor de renombre. Pero una obsesión tenía. Cada vez que pintaba un rostro femenino, sin darse cuenta, siempre era el mismo, el de aquella hermosa niña, bien convertida en adolescente, bien convertida en mujer.
Esa noche en Bellas Artes, los críticos le pidieron a Mauricio que presentara a la modelo del rostro bellísimo de sus pinturas. Él explicaba que no existía tal modelo, que simplemente era una tendencia a pintar el mismo rostro con sus variaciones y que no lo podía evitar por más que quisiera.
… De pronto llegaba al recinto la hermosa mujer del vestido negro, la de armoniosa y delicada figura, la del collar de esmeraldas que reflejaba el verde mar de sus grandes ojos, la niña y mujer de la sonrisa perlina.
Los críticos quedaron sorprendidos ante la armonía del rostro de la mujer y lo comparaban, admirados, con los retratos. Sin duda era ella…entonces…
-!No lo sé!...es quizá una aparición divina, una quimera, un sueño, la encarnación de una obsesión…es…la mujer que siempre he amado.
Ella le dijo…-soy yo, la que buscas, me llamo Esperanza…al fin te he encontrado…Él la tomó de la mano, juntos recorrieron la exposición… poco después… se perdieron en la media luz de una noche de estrellas y de luna.
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