| UN OFICIO EN EL QUE NO CABE LA TRISTEZA.-De abolengo- |
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| Escrito por Yucatan | |
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César González Rosado. En mi trabajo no cabe la tristeza. Se requiere estar calmado, fuerte de nervios. También conocer a las personas para ayudarlas en los momentos difíciles, ser un poco psicólogo, porque algunas desesperan, gritan, lloran y a veces se desmayan. Otros ríen y platican en voz alta como si nada hubiera pasado. En mi trabajo no cabe la tristeza, así lo aprendí de niño, mi padre me enseñó y a él mi abuelo y así para atrás, porque han de saber ustedes que mi oficio es de abolengo, viene de muy antiguo. Por eso sé de muchas historias que aquí han sucedido. Aprendí de mi padre a preparar unos remedios con hierbas que crecen aquí mismo, por entre las tumbas. Cuando chapeo, pongo cuidado en separar las que sirven para los brebajes, y si hay necesidad, los ofrezco a las personas que se ponen muy nerviosas y con ello me pagan un poco más. Como ayer que vino doña Conchita a recoger los restos de su padre que murió hace tres años. Le ayudé a sacar de la tumba el cajón carcomido por la humedad. Se veía que el señor había sido una persona de gran estatura, pues los fémures eran muy largos, más largos que los de otros esqueletos. Uno por uno doña Conchita recogió los huesos de su papá, los limpió con un cepillo y agua de jabón, mientras, rezaba. Los secó con una tela blanca y los depositó cuidadosamente en una caja de hojalata con adornos repujados, que don Bib, el hojalatero, había fabricado. Cuando la señora terminó la tarea ya se ahogaba en llanto, por eso le ofrecí una infusión que le sentó muy bien. En la entrada del cementerio hay un clavo grande en la pared y un poco abajo, una inscripción que dice: “En memoria de Don Cipriano Patrón, descanse en paz, año de 1890”. Nadie se atreve a quitar el clavo, pues dicen que quien lo haga, le caerá una maldición. Según parece, este difunto murió aquí mismo, mi padre me contó la historia y a él mi abuelo y a éste mi bisabuelo, que también era sepulturero. Pero nunca la cuento a persona alguna, pues don Cipriano fue una persona de mucho respeto, era de los señores del centro, vaya, de los principales, de los ricos de mi pueblo, de Espita. Por eso no cuento la historia, pues sus descendientes podrían ofenderse,…bueno,…nada más a usted. Alguna vez, en esos tiempos, después de un baile de mucho postín en los corredores del palacio municipal al que no podían asistir los mestizos, nada más los catrines, un grupo de jóvenes que vestían de frac, así era la moda entonces, ya medios borrachos hicieron una apuesta para ver quien era el más valiente que se atreviera a clavar un clavo en la entrada del cementerio, pasadas las doce de la noche. Uno de ellos se ofreció y se cruzaron las apuestas. El joven se dirigió con martillo y clavo hacia el cementerio en las afueras del pueblo. En esos tiempos no había luz eléctrica, así es que la obscuridad era total, ni tan siquiera la luz de la estrellas, pues estaba nublado y lloviznaba y soplaba un viento muy frío. Don Cipriano, sin miedo a los espíritus que seguramente deambulaban por los alrededores, presuroso y decidido llegó a su destino y con fuerza golpeó el clavo con su martillo, ahí mismo, en la pared de la entrada del cementerio. Poco después los vecinos de las chozas de los alrededores escucharon gritos de terror, de auxilio, que poco a poco cesaron hasta el total silencio. Nadie se atrevió salir de su casa, los vecinos del cementerio no deseaban encontrase con algún ánima en pena. Mientras tanto, los jóvenes amigos esperaron infructuosamente el regreso de su compañero, hasta que decidieron todos dar por terminada la parranda suponiendo que Cipriano habría hecho lo mismo. A la mañana siguiente mi abuelo llegó al cementerio para abrir, eran las ocho de una mañana fría con mucha neblina y entre la bruma percibió un cuerpo sentado, colgado de la cola del frac clavada en la pared. El joven sin darse cuenta al intentar clavar el clavo, en su nerviosismo, había cogido con la mano izquierda la cola, quizá porque le estorbaba, vayamos a saber, de tal suerte, que un extremo quedó clavado en la pared. Mi abuelo se acercó a la persona, le llamó, le sacudió y se dio cuenta que estaba muerta. Era el joven Cipriano que había fallecido de un paro cardíaco por el susto, al voltearse para regresar y sentir que alguien lo jalaba de la cola del frac. Fue sepultado con muchos honores, pues no dejó de reconocerse su valentía al ganar la apuesta. A veces vengo por las noches, no más para ver por si se ofrece. En realidad nadie viene a esas horas, pues la gente tiene miedo de los espíritus. Tienen razón, pues se les ve salir de sus tumbas como luminiscencias. Las personas leídas dicen que son emanaciones fosforescentes de los huesos, pero, algunas de esas luces tienen verdaderas formas humanas. Por eso se asustan los del pueblo y prefieren permanecer lejos cuando obscurece. Y que bueno que a veces vengo de noche… ¡No lo va usted a creer!..: Hace como un año escuché algunos ruidos en la tumba de un señor al que había yo enterrado por la mañana. Se oía una voz débil, quejidos que apenas se escuchaban. Con miedo, lentamente, me acerqué a la tumba y los lamentos se oyeron con mayor claridad: ¡Sáquenme de aquí, decía el muerto!... Me di cuenta que lo habíamos enterrado vivo, así es que abrí la tumba y lo saqué. Y es que ha sucedido ya, pocas veces por fortuna. Hemos encontrado ataúdes volteados y abiertos con los restos de fuera, lo demás pueden ustedes imaginárselo. Al doctor que declaró muerto al sepultado lo metieron a la cárcel y éste volvió con su familia y a su trabajo. Desde entonces a las personas que fallecen, antes de enterrarlos, les ponemos un espejo muy cerca de la boca, si se empaña un poco, y hay que fijarse bien, quiere decir que el muerto aún está vivo. Me llamo Tranquilino Cupul, soy sepulturero de abolengo, y en mi trabajo no cabe la tristeza. Si en algo puedo servir a usted, estoy a sus órdenes. Naucalpan Edo. de México octubre de 2006. |
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