| CAMPAMENTOS CHICLEROS |
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| Escrito por Yucatan | |
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En las selvas mayas. Armandogonza1 El chicle es la goma de mascar que se obtiene de la savia del árbol llamado Chicozapote, planta originaria del sureste de México, que desde la antigüedad se le utilizó por las civilizaciones mayas. Todos hemos masticado alguna vez un chicle, de menta, de hierba buena y muchos más sabores, para paladear algo dulce, otros para la digestión, según los abuelos y algunos para combatir el mal aliento, pero son pocos los que están enterados del arduo trabajo y peligros a los que están expuestos los chicleros, los que extraen esa resina llamada chicle, que se expenden en tiendas y confiterías.
Los primeros chicleros fueron traídos de Tuxpan, Veracruz, donde hacía años que se explotaba la resina, cada año cuando se iniciaba el inicio de la temporada, llegaba los hombres que contratados o “enganchados”, se dedican seis o siete meses a sangrar los árboles de Chicozapote para extraer la preciada resina, anualmente varios miles de hombres, se enfrentaban a un ambiente rudo e inhóspito. La estridencia de los monos aulladores y la penumbra de la selva, crea un ambiente tétrico en el campamento, donde descansan los chicleros, pero deben de permanecer en él, preparándose para la larga jornada del día siguiente. La vida comienza a las cuatro de la mañana, para Gaudencio Martín y Alfredo Ramos, chicleros por tradición y oficio: “ Mi padre era chiclero, pero no quiero que mi hijo lo sea, es un oficio muy duro”, afirmó Gaudencio,” para dedicarte a esto, tienes que saber estar sólo”. El chiclero se interna en la selva, busca el árbol adecuado y lo cala con su machete, haciendo un pequeño corte para ver si el látex blanco corre. En la base del árbol coloca una bolsa de lona con una capacidad de dos kilos, y procede a picar en forma de “v”. Se corta toda la corteza y se avanza de abajo para arriba. Cuando la altura lo exige, el chiclero trepa por el tronco hasta llegar a la copa del árbol, sosteniéndose con una cuerda. Para esto se ayuda con botas con pullas o picos que son casi la única innovación en la técnica de extracción de chicle desde hace más de 100 años, ya que anteriormente se chicleaba descalzo. Su machete tiene que estar muy afilado y los cortes requieren mucha habilidad y precisión, para evitar el riesgo de cortar la propia cuerda y caer desde gran altura.”Hay gente que pica 28 0 30 árboles diarios”, afirma Alfredo Ramos, “nosotros solo podemos picar unos 12 o 15 árboles diarios con mucho esfuerzo”. Cuando termina el trabajo, como a las cuatro de la tarde, tiempo que emplean en saborear una cazuela de frijoles y descansar hasta el día siguiente. Todo seguirá igual, la rutina de siempre, el esfuerzo humano seguirá picando la corteza del árbol para ir aumentando con desesperante lentitud la cantidad de resina que se desliza hasta las bolsas colocadas en la base del tronco. El domingo por la mañana los chicleros vierten la resina en una paila, removiéndola a la lumbre del fuego. Se requieren dos horas para que la resina adquiera consistencia y se elaboren maquetas de 20 libras de peso para su comercialización. “Se necesitan 15 días para reunir la cantidad suficiente de resina a fin de tener el dinero para pagar al arriero e ir a vender el producto”, afirma Gaudencio, en tanto remueve en la paila. La cantidad que reciben no parece suficiente para compensar, dos semanas de duro esfuerzo físico, en las que se exponen al paludismo, a las picaduras de serpiente o a caerse de un árbol que puede llegar a alcanzar 30 metros de altura. Anteriormente las condiciones de vida en los campamentos chicleros eran muy precarias debido al aislamiento y la insalubridad. Aun con estas condiciones, los chicleros hablan del encanto del bosque y la convivencia de los compañeros. Mérida, Yucatán. |
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